Mi nueva novela, "El efecto Noemí"
Escrito por CarolinaAcaba de salir mi tercer libro, que a la vez es mi primera novela. Se llama "El efecto Noemí" y ya está en todas las librerías de Argentina y Uruguay. Pueden ver el book tailer acá y leer el primer capítulo en este link. Lo voy a presentar el día jueves 24/11 en Libros del Pasajen a las 19.30 junto a Josefina Licitra (¡que acaba de estrenar libro también!) y Eugenia Zicavo. Los espero a todos ese día.
5 formas de complicar las cosas que tenemos las mujeres
Escrito por Carolina Sección: Costumbres femeninas1. Somos enroscadas
Nosotras hacemos las mismas cosas que ellos, sólo que de manera más sutil e intrincada. Si queremos que nos regalen algo específico para un cumpleaños, empezamos a tirar indirectas. “Qué lindo sería tener una cafetera express”, “¿Viste qué suerte tiene Mariana, el marido organizó un viaje sin que ella supiera”. No lo decimos porque queremos que solos se den cuenta. Ellos, en cambio, vienen con una lista punteada de lo que esperan, con los links de dónde comprarlo, para que nadie se equivoque y no haya malos entendidos. Lo último que quieren es llevarse una sorpresa.
2. Callamos lo que no hay que callar
Otra forma que tenemos de complicar las cosas es callarnos la boca. Cuando ellos se enojan, gritan, insultan, rompen algo y terminan con la cuestión. Es como si lo pusieran en el cuerpo. Nosotras, en cambio, acumulamos en silencio bronca y resentimiento hasta que un día nos ponemos a llorar porque una torta se quemó.
3. Decimos lo que no hay que decir
Mientras que ellos cortan con la discusión después de un rato a los gritos, nosotras la seguimos hasta el final. Una vez que empezamos, que soltamos la bestia, es imposible meterla adentro. Sacamos a relucir viejos enconos, metemos sus amigos en el medio, les recriminamos cosas que ya habíamos solucionado diez años atrás. Cuando nosotras terminamos, quedamos destrozadas. Ellos, en cambio, están leyendo un libro, con la pelea sepultada en el patio de atrás.
4. Miramos y escuchamos diferente
Así como ellos no ven la mugre en la casa, no ven qué llevaba puesto la novia en un casamiento, cómo nos cortamos el pelo, o la botella que estaba en la esquina y acaban de tirar, nosotras miramos absolutamente todo. Rondamos, gavilanas, por todos los ambientes de la casa, y oímos, a lo lejos, hasta la conversación que tienen consigo mismos frente al espejo. Si mancharon la ropa, si tienen otro olor, si se peinaron para el otro lado, nosotros lo sabemos antes que ellos.
5. Vemos demasiadas telenovelas
Mientras que ellos miran películas de acción en las que al final siempre llega un helicóptero del cielo y arregla todo por arte de magia, nosotros miramos dramones en los que todo el mundo se muere, o vive separado por cincuenta años a causa de la guerra. En consecuencia, ellos tienen viven una vida marcada por el género fantástico (la basura se saca sola, los problemas se arreglan mientras más se los ignora, la comida aparece repentinamente en la heladera) y nosotras, una signada por el drama (lloramos porque se nos cae una tarta al piso, lloramos porque estamos indispuestas, lloramos porque lloramos mucho últimamente y nos da vergüenza)
No somos tan diferentes. De acuerdo a como se encare, la misma anécdota puede ser#tipicodehombre y #tipicodemujer. Es como si dijéramos lo mismo, pero en otro idioma, con otra melodía. Un tono distinto.
Nosotras hacemos las mismas cosas que ellos, sólo que de manera más sutil e intrincada. Si queremos que nos regalen algo específico para un cumpleaños, empezamos a tirar indirectas. “Qué lindo sería tener una cafetera express”, “¿Viste qué suerte tiene Mariana, el marido organizó un viaje sin que ella supiera”. No lo decimos porque queremos que solos se den cuenta. Ellos, en cambio, vienen con una lista punteada de lo que esperan, con los links de dónde comprarlo, para que nadie se equivoque y no haya malos entendidos. Lo último que quieren es llevarse una sorpresa.
2. Callamos lo que no hay que callar
Otra forma que tenemos de complicar las cosas es callarnos la boca. Cuando ellos se enojan, gritan, insultan, rompen algo y terminan con la cuestión. Es como si lo pusieran en el cuerpo. Nosotras, en cambio, acumulamos en silencio bronca y resentimiento hasta que un día nos ponemos a llorar porque una torta se quemó.
3. Decimos lo que no hay que decir
Mientras que ellos cortan con la discusión después de un rato a los gritos, nosotras la seguimos hasta el final. Una vez que empezamos, que soltamos la bestia, es imposible meterla adentro. Sacamos a relucir viejos enconos, metemos sus amigos en el medio, les recriminamos cosas que ya habíamos solucionado diez años atrás. Cuando nosotras terminamos, quedamos destrozadas. Ellos, en cambio, están leyendo un libro, con la pelea sepultada en el patio de atrás.
4. Miramos y escuchamos diferente
Así como ellos no ven la mugre en la casa, no ven qué llevaba puesto la novia en un casamiento, cómo nos cortamos el pelo, o la botella que estaba en la esquina y acaban de tirar, nosotras miramos absolutamente todo. Rondamos, gavilanas, por todos los ambientes de la casa, y oímos, a lo lejos, hasta la conversación que tienen consigo mismos frente al espejo. Si mancharon la ropa, si tienen otro olor, si se peinaron para el otro lado, nosotros lo sabemos antes que ellos.
5. Vemos demasiadas telenovelas
Mientras que ellos miran películas de acción en las que al final siempre llega un helicóptero del cielo y arregla todo por arte de magia, nosotros miramos dramones en los que todo el mundo se muere, o vive separado por cincuenta años a causa de la guerra. En consecuencia, ellos tienen viven una vida marcada por el género fantástico (la basura se saca sola, los problemas se arreglan mientras más se los ignora, la comida aparece repentinamente en la heladera) y nosotras, una signada por el drama (lloramos porque se nos cae una tarta al piso, lloramos porque estamos indispuestas, lloramos porque lloramos mucho últimamente y nos da vergüenza)
No somos tan diferentes. De acuerdo a como se encare, la misma anécdota puede ser#tipicodehombre y #tipicodemujer. Es como si dijéramos lo mismo, pero en otro idioma, con otra melodía. Un tono distinto.
Cuando yo era chica, todas las nenas queríamos ser rubias. En esa época, el pelo dorado era la prueba irrefutable de la belleza, un certificado de sensualidad. Barbie era rubia. She-ra era rubia. Mary Ingalls, la Bella Durmiente, Cenicienta, la Pitufina. Salvo Blancanieves, todas las heroínas eran rubias.
Y no era una superstición exclusiva de las nenas, sino todo lo contrario. En las telenovelas, en los dibujitos, hasta en los libros de cuentos, sólo a las brujas y a las malas les tocaba el pelo oscuro. Hasta los chicos, susceptibles a ese encanto, compartían la misma preferencia: no había grado en el que los varones no suspiraran por alguna nena de rizos dorados, mientras que nosotras —fatalmente morochas de pelo arratonado— sufríamos en silencio por haber nacido del otro lado de la medianera.
Por eso, en la década del noventa, cuando por fin entramos en la adolescencia y nos dejaron teñir el pelo, todas corrimos a aclararnos el pelo. No un decolorado total, sino unos reflejos finitos con gorra o algunas mechas grandes en el flequillo, una iluminación. En el fondo, nos hubiera gustado hacernos una tintura completa y amanecer con la cabeza albina, pero no lo podíamos hacer. Una tintura total hubiera significado un fracaso, reconocer ante las rubias naturales que en el fondo siempre habíamos querido ser como ellas. Los claritos eran el punto medio: seguíamos siendo castañas aunque no lo pareciéramos. No nos habíamos rendido sino firmado una tregua.
Más adelante, en la adolescencia más álgida empezamos a hacer lo contrario y nos rebelábamos contra el sistema tiñéndonos de borravino o de negro. Ni hablar si eras rubia natural y te oscurecías el pelo. Ese era el paradigma de ser distinta, de estar de vuelta, de protestar contra la dictadura de la belleza seriada y noventera. Jurábamos que nos gustaba, que las morochas eran más lindas, pero en el fondo no estábamos buscando una belleza distinta, sino liberarnos para ser feas. No queríamos ser morenas. Solo queríamos probar que no nos importaba no haber sido como ellas. Por otro lado, hay que reconocer que esa supuesta fealdad era a veces muy real. En esa época no existían los matizadores sin amoníaco, ni los productos para proteger el pelo teñido, ni las ampollas sofisticadas que hay hoy. El tono, tal cual salía del pomo nos duraba dos semanas. Después de esa fecha, el pelo se ponía verde o parecía un saco de piel viejo y de mala calidad.
Recién en la década siguiente, con el abandono de la etapa menemista y de la dictadura del reflejo, el bronceado y la planchita, volvimos a abrazar el color cobrizo o chocolate con felicidad. No había cambiado nada. Simplemente habían pasado veinticinco años, nos habíamos hartado de ser todas iguales, y Julia Roberts había hecho carrera. Ya a nadie le importaba ser rubia. De hecho era vulgar, algo ostentoso, típico de una época que nadie quería recordar.
Sin embargo, nobleza obliga, hay que admitir que algo de esta fantasía todavía nos queda. Nosotras lo habremos superado, pero por más Pocahontas y la Sirenita que hayan visto, hoy en día, casi todas las nenas de cinco años siguen prefiriendo a la Cenicienta.
5 diferencias entre la descontrolada y la compuestita
Escrito por Carolina Sección: Costumbres femeninasCuando rompe con alguien (una amiga, un novio, un viejo jefe), la compuestita apuesta al balance. Hace una lista de cosas en las que piensa que él se equivocó y –digna, medida, madura− le pide a él que enumere todas las cosas que ella podría haber mejorado, para poder darle un cierre a la relación, pero también para saber qué cosas debería trabajar en sus futuros vínculos. Su frase de cabecera: “No nos hagamos más daño”
La descontrolada vomita toda clase de reproches en un monólogo conspirativo y despechado que no deja lugar a réplica. Alterna los reproches con insultos, amenazas (contra su vida, la de él y de la futuras novias), pedidos de reconciliación, llanto y confesiones deprimentes. Cuando el otro quiere hablar, llora desconsoladamente, porque es un animal y no mide lo que está diciendo. Su frase de cabecera: “Te voy a hacer mierda”
En su relación cotidiana con su pareja, la compuestita ya aprendió que hay terrenos más complicados que otros. Prefiere evitar ciertos temas explosivos, no nombrar a algunos miembros de la familia, y ser particularmente tolerante con los hábitos y rutinas que el otro no puede abandonar. No tiene sentido seguir peleando sobre lo mismo después de tanto tiempo, el vínculo se va resquebrajando. Qué piensa: “Yo lo conocí así, ahora no le puedo pedir que cambie”.
La descontrolada promete cambiar después de cada pelea, pero nunca cumple. Le vuelve a decir que se abrigue, insiste en preguntar en qué está pensando, y le reprocha que nunca la escucha, sugiere que no la quiere (y nunca la quiso) en todas las discusiones, a sabiendas que esa insistencia los va a conducir al desastre. Quiere parar, pero su neurosis es más fuerte. Qué piensa: “A mí, este no me va a ganar”
Cuando vuelve de vacaciones y se pesa, la compuestita evalúa el daño y decide hacer un plan riguroso de alimentación que le haga bajar esos cinco kilos en un mes. Si es necesario, agrega deporte o consulta un especialista para que la contenga. Su mantra: “Sólo por hoy”.
La descontrolada se pesa y el número la angustia tanto que patea la balanza como una pandilla de bárbaros, se relaja, y se come tres porciones de pizza del día anterior, mientras llora copiosamente. Su mantra: “Empiezo el lunes que viene”.
La compuestita hace dos o tres clases de deportes. Le gustan las clases con música, va a pilates o a yoga y cada vez que puede sale a correr. Sin embargo, no especula. No sabe cuántas calorías quema, ni qué ejercicios son para levantar la cola. Lo hace porque se quiere sentir bien, porque el ejercicio la despeja, porque si no lo hace “siente que le falta algo”. Su filosofía: “Mente sana, cuerpo sano”.
La descontrolada llega al gimnasio dos días antes de que estalle el verano, luego de probarse una musculosa y ver que tiene los brazos más flácidos que el año pasado. Se la pasa googleando cuántas calorías quemó en la clase y preguntándole a la profesora cuándo va a ver cambios. Su filosofía: “Si la mente no es sana, compensemos con el cuerpo”.
La compuestita tiene un peluquero de toda la vida, al que visita cada dos meses para que le haga lo mismo de siempre: cortarle las puntas y un baño de crema. Cada tanto piensa en hacerse un cambio: un desgastado o cambiarse el color, cortase bien cortito y no volverse a peinar nunca. Pero al final, nunca se anima porque tiene miedo y sabe lo mal que lo va a pasar esperando que crezca de nuevo. Su miedo: arrepentirse de lo que hizo.
La descontrolada se cambia el look cada dos meses, pero nunca por elección, sino para arreglar el desastre anterior. Se tiñó de negro un domingo que estaba aburrida, después se lo tuvo que decolorar para volver al tono anterior, y para rescatarlo le tuvieron que hacer seis baños de crema seguidos y cortarle seis o siete centímetros. Desde entonces, el pelo se le puso poroso, y para evitarlo, se lo alisó. Iba a esperar unos meses, pero se compró un cupón con descuento para hacerse mechas californianas…. Y bueno, con probar no se pierde nada. Su miedo: aburrirse por no haber querido cambiar.
¿Y vos? ¿Qué sos? Contanos en twitter si sos una #compuestita o una#descontrolada.
¿Y vos? ¿Qué sos? Contanos en twitter si sos una #compuestita o una#descontrolada.
- Que les hablemos de asuntos insignificantes o domésticos como si fuesen temas de vida o muerte.
- Que les contemos todo lo que hicieron nuestras hermanas, madres, amigas y compañeras de trabajo.
- Que lloremos por cualquier cosa, de modo terapéutico.
- Que necesitemos “hablar” los problemas en vez de dejarlos pasar.
- Que nos anticipemos al drama.
- Que seamos rencorosas y les echemos en cara cosas que hicieron hace mucho tiempo.
- Que les repitamos las cosas veinte veces.
- Que los despertemos de noche porque escuchamos un ruido (que termina siendo una bolsita de nylon sacudida por el viento)
- Que analicemos cada palabra que dicen buscando significados ocultos, fallidos y mentiras.
- Que les preguntemos en qué están pensando.
- Que les contemos todo sobre ellos a nuestras amigas.
- Que nos enojemos cuando dicen que no están pensando “en nada”.
- Que les digamos que no nos importan los aniversarios y después nos pongamos a llorar cuando se los olvidan.
- Que seamos fuertes o débiles de acuerdo a cómo nos convenga.
- Que no pidamos postre porque estamos a dieta y nos comamos todo el postre que pidieron ellos.
- Que pasemos de la risa al llanto en cuestión de segundos.
- Que necesitemos saber todo sobre sus ex novias.
- Que les hagamos preguntas sin salida (¿Qué vestido me queda mejor? ¿Estaba más flaca antes o ahora?) y que hagamos un escándalo respondan lo que respondan.
- Que necesitemos hablar por teléfono con ellos varias veces al día sólo para escucharles la voz.
- Que seamos chusmas.
- Que nos obsesionemos con pequeñeces.
- Que digamos que no buscamos un novio y sólo queremos divertirnos y nos enganchemos en la salida número dos.
- Que hagamos planteos en cualquier momento.
- Que tengamos reglas diferentes para ellos que para nosotras y que cuando nos cuestionen la hipocresía digamos: “Es que es distinto”.
- Que seamos incomprensibles y no hagamos ningún esfuerzo para que nos entiendan.
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